Por Juan Jesús Ayala (Filósofo).
Es este el título de un librito de ensayo publicado en 1988 por el fallecido filósofo y sociólogo francés Jean Baudrillard. Sin embargo, a pesar de haber transcurrido un buen tiempo, la vigencia de sus reflexiones y consideraciones sobre la teoría del simulacro siguen vigentes.
Y con más énfasis, si cabe, cuando nos adentramos en la actitud, moral y desenvolvimientos de ciertos personajes que circulan en la tramoya política.
El pasmo, la incertidumbre se nos acerca cuando actúan como si fueran compañeros de viaje mirando al otro, al oponente, como si fuera el mismo. No hay aceptación del rival político. No hay que impulsar debate alguno con el otro y, mucho menos por muchas mayorías parlamentarias que se sumen en contra del gobierno. Este ve al otro, al que se ha instaurado como rival, como si tal cosa; no se le tiene en cuenta. Es reflejo de su propia sombra.
Pero al ver al otro como a sí mismo, al no asimilarlo, no solo lo vitupera, sino que, además, a propuestas que están dentro de la legitimidad democrática, no solo les produce una exultante alegría, sino que aplaude como si fuera el otro.
En esta teoría de simulacro, el lenguaje y la teoría del sentido político no actúan como modo de producción, sino como modo de desaparición.
Si los tiempos y los mundos son irreconocibles, buscar la realidad para ajustarla a la verdad para determinar una acción política consecuente apenas sirve.
Hay momentos en la historia, como diría nuestro filósofo citado, que “la dialéctica tan hermosa parece actualmente averiada; nada se resuelve con la teoría política si el mundo apenas es conciliable y presto siempre a ser forzado para obtener la prebenda, el resultado, donde siga imperando el otro por sí mismo”.
En estas circunstancias de quiebra democrática donde los indicios son altisonantes, nadie está autorizado a lanzar las campanas al vuelo; porque aun ese mismo vuelo que encierra poder omnímodo está supeditado a destinos más importantes que un triste y lastimero tañido.
Además, resulta significativo que la perplejidad y el clientelismo, asumidos por ideologías decadentes, tuerzan su camino y queden en su tránsito interrogantes que no se han descifrado; violencias dialécticas que dejan mucho que desear, donde la palabra huye de la ejemplaridad y cierta marrullería se posesiona en las bancadas parlamentarias, donde la única elegancia que se practica es la del simulacro que derrota al escuálido pensamiento político.
Y lo altamente preocupante es cuando se pierde el control y uno se ve reflejado en el otro como si fuera el mismo, donde los tiempos se escapan, el desánimo toca a la puerta, el camino se encona, se endurece y lo peor es que por ese camino caminamos todos, sin excepción alguna.
Tanto los que están en el fragor de la batalla como los que desde el patio de butacas contemplamos esta comedia de la confusión en que se desarrolla la política actual. Donde, desafortunadamente, la democracia no es esa forma de gobierno que permite ser representativa del pueblo que se encamina hacia la confluencia de los tres poderes en una misma ley de dominación. Lo que es un simulacro que se acerca a marchas forzadas hacia una nueva realidad.







