Por Juan Manuel Martínez Carmona (Biólogo).
Este 13 de septiembre comienza el periodo de caza de codorniz (Coturnix coturnix) y perdiz moruna (Alectoris barbara) en El Hierro. En el caso de la codorniz, los cazadores dispondrán de seis domingos, hasta mediados de octubre, en los que podrán abatir un máximo de cinco ejemplares al día. El Hierro representa el último baluarte de la codorniz en Canarias, tras el colapso de sus poblaciones en el resto del archipiélago, afectadas por el abandono de los cultivos de cereales y legumbres, las sequías recurrentes y la caza excesiva. Por lo tanto, deberíamos ser exquisitos en la gestión y cuidado de nuestras codornices, cuya población también ha sufrido una merma notable (de más del 50% en La Dehesa, si comparamos los censos realizados en 2009 y 2018), acentuada los últimos años por la falta de lluvias y la intensa presión cinegética. En la actualidad, con este declive, ¿cómo es posible que el Cabildo de El Hierro autorice más días de caza para la codorniz que hace diez años? Si la administración competente no actúa con responsabilidad corremos el riesgo de socavar el futuro de la especie. Atendiendo a su condición de recurso renovable, resulta imprescindible diseñar programas para una gestión sostenible, basados en censos fiables y el seguimiento científico de la población. En función de los datos obtenidos, se implementarían vedas temporales (limitando el número de días o, incluso, renunciando a la caza durante algunos años) o territoriales. Un buen ejemplo es la veda de cuatro años (aún vigente en Canarias) que afectó a la tórtola europea en España.
La codorniz siempre abundó en El Hierro, como atestiguan las crónicas normandas de 1405 (“y hay codornices en gran cantidad”). Su hábitat característico son los campos abiertos de Nisdafe y El Cres. No obstante, tienden a concentrarse en determinadas zonas a lo largo del año, desplazándose por el territorio emulando la mudada tradicional del herreño: desde principios de enero hasta febrero deambulan cerca de la costa; luego, desde finales de febrero hasta mediados de octubre, el grueso de la población permanece en las medianías; para acabar moviéndose a zonas altas de pastizal entre octubre y diciembre. Si tenemos la suerte de contemplar de cerca un ejemplar apreciaremos su cuerpo macizo, condensando cien gramos en apenas veinte centímetros de longitud. Cuando se decide a volar no lo hace nada mal, propulsada por sus largas alas. Es más, la codorniz, aunque no lo aparente, puede emprender amplios movimientos migratorios. De hecho, es probable que al contingente canario se sumen codornices continentales, nómadas contumaces en busca de ambientes favorables para criar, atendiendo a la lluvia y la presencia de cultivos y pastizales. El carácter sedentario del contingente herreño está respaldado por las recapturas de aves cerca de donde fueron anilladas.
A partir de marzo, si el invierno ha sido generoso en lluvias, escucharemos el obstinado canto del macho propalando su vigor. Eso sí, apenas se dejan ver. Discreta, la codorniz prefiere escabullirse en la espesura antes que levantar vuelo. Si la rítmica tonada ha sido del gusto de una hembra, esta emitirá un discreto reclamo de respuesta al que acude impetuoso el galán. Pero no estamos en los prolegómenos de una convencional “pareja para toda la vida”. ¡Qué va!, tanto hembras como machos cambiarán sucesivamente de consorte durante la estación reproductora. De tal suerte, que los pollos de un mismo nido pueden tener varios padres. Nada territoriales, diferentes parejas comparten áreas de cría e, incluso, los machos cambian de zona en busca de nuevos “romances”, dejando a las hembras toda la responsabilidad en la incubación y cuidado de los pollos. Especie con un tremendo potencial reproductor, puede completar tres puestas anuales de hasta doce huevos cada una. Además, los jóvenes pueden reproducirse el mismo año de su nacimiento. Así, una buena temporada de lluvias y, por tanto, de semillas e invertebrados, propiciará la multiplicación de codornices.








