Por Juan Jesús Ayala (Filósofo).
Estos días los hemos pasado hablando de “canariedad”, de posicionamientos políticos desde el ámbito del nacionalismo canario, de entusiasmo por los avances que se han conseguido para esta tierra, así como de los resabios que han colmado de desesperanza al no tener el poder de decisión ante el centralismo, como por ejemplo han desarrollado los nacionalismos vascos y catalanes, lo que nos conduce al terreno de la melancolía y de la frustración como nacionalistas consecuentes.
¿Qué nos falta, que sí poseen los nacionalismos vascos y catalanes? Simplemente que han construido a lo largo de su historia una conciencia colectiva como pueblo diferente que motiva que sus propuestas se tengan en cuenta y, además, tengan poder de decisión, que sean imprescindibles para resolver ciertas y determinadas coyunturas político-electorales del Estado. Como se ha visto a lo largo de esta legislatura, apoyando al Gobierno de Sánchez.
Siempre han sido preocupación del poder central porque sus votos se han considerado fundamentales para los gobiernos españoles y no han tenido ningún tipo de pudor en denominar a sus territorios como “nación”, porque han reunido los cuatro factores que los definen como nación vasca y nación catalana.
Nosotros, cuando Secundino Delgado y José Cabrera Díaz desembarcaron en el mar del nacionalismo canario, desde Cuba o desde EEUU propagaron la independencia del pueblo canario con el empuje que se tuvo en la formación del Partido Nacionalista Canario (PNC) en Cuba el 30 de enero de 1924, aunque aflojó su preponderancia el 25 de marzo de 1925. Sin embargo, en los avatares del tiempo tuvo sus luces y sus sombras, quedando como reseña ineludible y necesaria para que el nacionalismo canario de aquellos impulsos entrecortados resucitara y se iniciaran caminos que luego se torcieron o fueron secuestrados por el centralismo de Madrid.
La nación no se construye de la nada, no es un invento, sino el resultado de un proceso histórico, material y moral en permanente cambio y transformación social.
La conciencia de un pueblo que proponía construirse como nación tuvo sus épocas de más o menos disponibilidad, pero la historia como un ente metafísico rebelde nos devolvió a épocas pasadas de sometimiento, de pérdida de poder, del poco que se tenía, cayendo en una atomización desesperante.
Y ahí se sigue. En el mar embravecido del enfrentamiento, de las palabrerías huecas que apenas suenan, siendo el peor enemigo para que un pueblo, el canario, construya su conciencia nacional, alejándose de los énfasis políticos que se enarbolan un día, el 30 de mayo, que vamos a llamarlo “el día de Canarias”, donde lo que prima es la realidad que no avanza y desdibuja el posible constructo de una consecuente conciencia nacionalista, camino de definirnos como “nación”. De ahí, si analizamos la situación del nacionalismo canario, se podrá llegar a la conclusión de que existe una voluntad política atomizada que cree que Canarias es una nación sin más.
Hay simbologías que pudieran desarrollarse aún con más intensidad, y que algunos son definitivos, que contribuyan a levantar el edificio nacionalista, hoy ausente de ideología y plagado de retórica emotiva.
Para consolidar el nacionalismo, hay que apuntar a otros valores que no solo son los vinculados a lo ancestral, a lo popular, a lo genuinamente nuestro. Para que un nacionalismo pueda crecer y enriquecerse, habría que buscar el apoyo, como menciona Ernest Gellner, catedrático que fue de la Universidad de Cambridge y director en Praga del Centro para el estudio del nacionalismo, en “Naciones y nacionalismo” (al que siempre tengo como referencia); no solamente en esas unidades mínimas, sino que es la cristalización de otras nuevas unidades las que, aflorando al plano territorial, den bríos incitadores y construyan un símbolo que no se acantone, que se proyecte hacia el futuro.
Gellner manifiesta que, si bien es cierto que determinadas materias primas son necesarias para construir el edificio de una nación, tales como la materia cultural, histórica y de cualquier otro tipo que provenga del mundo prenacionalista, estas no son suficientes, ya que con ello solo se conseguiría un nacionalismo descafeinado; de ahí que sean las nuevas normas que se pongan en rodaje para que den viabilidad a lo anterior.
O sea, que está muy bien la búsqueda, en nuestro caso, de la identidad canaria, la investigación popular y cultural, las raíces de un lenguaje que se puede perder y de todo lo que pueden ser notas diferenciadoras de las distintas naciones. Pero esto solo no conduce a ninguna parte si no se acompaña de unas normas capacitadoras que remueven todas las ataduras que impiden caminar.
Son nacionalismos los nuestros, de la discordia, siempre en la trinchera, dispuestos para la pelea, para la confrontación; evitan la universalidad y buscan como enemigo al que tienen al lado como justificante de nuestros males.
Unos se llaman progresistas, otros de centro, así como los que denominan liberal-conservadores, y en esa tesitura habrá que pensar que, si de esa manera actúan, muy poco se avanzará en la construcción nacional de Canarias; además, manteniendo el mismo discurso y huyendo de la unidad como alma que lleva el diablo, incapaces de transformar el campo de batalla en el de la concordia, pero para ello hay que dejar atrás rémoras individualistas que convierten la política en una especie de lodazal donde prevalece un fulanismo recalcitrante.
El nacionalismo no persigue la categoría de clase, trabaja sobre la categoría de nación. Ser progresista es avanzar hacia el progreso de esa categoría: la nación. Una vez que entre todos, imbuidos de una conciencia nacionalista común, logremos el convencimiento de Canarias como nación.
Podemos hablar de clases, pero el nacionalismo no entiende de derechas ni de izquierdas; y cuando el nacionalismo se aleja de su concepción, los caminos son irreconciliables y Canarias como nación se aleja hacia un horizonte inseguro.
Ya que hemos disfrutado del Día de Canarias, tenemos que ir pensando en acercarnos a “la hora de Canarias”, la que aún sigue sonando en el diapasón de un tiempo imaginario, ajeno a la construcción de una conciencia nacionalista con una visión universalista que discurra por un nacionalismo sin trabas y cortapisas ajenas a viejas batallas, y llenos de triquiñuelas y agachadillas, que no solo nosotros mismos hemos propiciado, sino que ante esa debilidad territorial, desde fuera siguen viendo a Canarias como moneda de trueque.
Lo que a algunos poderes fácticos a lo largo de la historia les ha venido de maravilla.
En este punto no nos olvidemos de Hegel, que llegó a manifestar que es posible que las naciones tengan que recorrer una larga historia para considerarse territorio diferenciado con una conciencia nacionalista que nos haga pensar que “La lechuza de Minerva ha levantado, al fin, su vuelo y revolotea en torno a nosotros”
Entonces, cuando esto acontezca, es que se han roto las capillitas insularistas, con lo cual podríamos decir que se ha logrado la construcción nacional de Canarias, donde el imaginario ha cedido su puesto a una realidad deseable.
Apareciendo con fuerza la ideología nacionalista que hace posible que se pospongan fines e intereses particulares ante un objetivo común. El núcleo central de la ideología sería el compromiso con un ideal y las consiguientes acciones para alcanzarlo. El nacionalismo como ideología, no lo olvidemos, intenta ordenar un universo desordenado, maniatado, tergiversado, un universo sobre el cual no se dispone, donde nos encontramos extraños.
Y, sobre todo, un universo en busca de su dimensión política y espacio cultural.







