Por Juan Jesús Ayala (Filósofo).
La perplejidad, más el asombro, llega al comprobar un día y otro cómo se ha gestionado “la avalancha” de seres humanos en número, según informan, de 72.000 que han trepado por los roquedales de Ceuta y los más de 150 que han perdido la vida en una travesía mortífera que duró unas horas que, ante la complacencia de la gendarmería marroquí, se tiraron al mar.
Se sabía lo que les esperaba; las autoridades de Ceuta, por informes del presidente de dicha ciudad autónoma, habían puesto en conocimiento de la Moncloa lo que iba a ocurrir. Y ocurrió. Lo hemos visto, y no como dijo el ministro del Interior, Marlaska, en sus ocurrencias justificativas, “que a veces hay cosas que pasan”. Y punto.
Se pudo haber habilitado por la Ministra de Sanidad, responsable de preservar vidas, un hospital de campaña en los aledaños de la playa de El Tarajal desde el que se podía ayudar a salvar vidas, con una intervención inmediata, ante unos servicios sanitarios ceutís que no darían abasto a los que llegaban con problemas de salud menores, que aun así se corrigieron en horas de espera interminables.
Estas dos Ciudades Autónomas, que así se denominan tras la constitución de 1978, que abrió la puerta a que Ceuta y Melilla se convirtieran en Comunidades Autónomas, y para lograrlo los ayuntamientos deberían aprobar con mayoría absoluta, contando, además, con la autorización de las Cortes Generales mediante una ley orgánica que se aprobó en 1995, donde adquirieron su Estatuto de Autonomía como Ciudades Autónomas, lo que despertó de nuevo un conflicto con Marruecos.
El conflicto con Marruecos referente a Ceuta y Melilla tiene su historia que a grandes rasgos pudiéramos señalar. Es histórica la guerra que han propiciado estas dos ciudades debido a la reivindicación ejercida en el tiempo por parte de Marruecos para que sean integradas en su territorio, que nos puede ayudar a entender la situación actual.
Mucha sangre se derramó y no solo en las montañas del Rif, donde el jefe de la cábila, Abd-el-Krim, infligió una derrota vergonzante a las tropas españolas en 1909, a las que produjeron más de 20.000 bajas que no tuvieron otra alternativa para doblegar a los rifeños que recurrir al prohibido gas mostaza traído de Alemania.
Desde la época de Carlos III hasta Fernando VII y tras el asedio a Ceuta que duró más de 25 años, este rey llegó a firmar la cesión de estos dos territorios a Marruecos como premio al apoyo prestado a la corona en la guerra de la Independencia. Y más tarde, Primo de Rivera quiso canjear Ceuta por Gibraltar, y en tiempos no tan lejanos, aprobada la constitución española, Manuel Fraga en el Libro blanco, cuando fundó Reforma Democrática, preconizó la cesión de estas plazas a Marruecos. Y si recordamos capítulos más lejanos de la misma historia, no habrá que olvidar el cerco constante a Ceuta de Muley Ismail y el del sultán Muley Yasid durante más de treinta años.
No podemos poner en las páginas del olvido la “construcción nacional de Marruecos”, que para irla consiguiendo se ha aprovechado de gobiernos españoles débiles para lograr el Gran Magreb, poniendo en práctica un proceso de regionalización donde ha considerado al Sahara Occidental como su “querida provincia del sur” y con la sumisión del presidente Sánchez, que sin encomendarse a su gobierno ni al Parlamento español, así lo dispuso.
Y completando el mapa, Ceuta, que no ha dejado de reivindicar, se integrará en la región de Tánger-Tetuán y Melilla en la región del Rif Oriental
Y así mismo, las islas Canarias forman parte de este Gran Magreb y, como las dos ciudades aludidas, estas pasarán tarde o temprano a integrar este proyecto nacionalista marroquí. Parece que más bien temprano, por lo que hemos visto y lo que veremos.
Una vez superados estos conflictos de Ceuta y Melilla, tocará a nosotros bailar al son, de momento no se sabe de quién, aunque a expensas de la política que se establezca entre España y Marruecos, siempre confusa y oscura y desde una guerra en África que no sirvió para nada, sino para que miles de españoles y de canarios perdieran la vida, se continúe en la incertidumbre por la incoherencia del gobierno español y por las pretensiones anexionistas de Marruecos.
Y ante la fallida explicación de lo sucedido en Ceuta al dejar que los acontecimientos se sitúen por sí mismos, donde la voluntad marroquí es evidente que ha mirado para otro lado ante una avalancha de una frontera que pertenece de momento a España, se ha visto alejada de la debida protección que ahora se intenta reforzar.
Se puede decir que estamos ante la práctica de guerra híbrida con la que se han demostrado una vez más los métodos ultramodernos para llevarla a efecto. No hacen falta armas sofisticadas. Hay otras como el asedio de miles de personas que pacíficamente comprometen la convivencia del territorio donde ponen su objetivo. Y ante esas situaciones como la de Ceuta, poco se puede hacer, sino enmendar lo mal que se ha actuado, llegar a tiempo y con la verdad por delante y menos justificaciones de poco o ningún calado que apenas convencen.








