Por Juan Jesús Ayala (Filósofo).
Fue un año completo. La Bajaba nos esperaba y estábamos dispuestos a plantarnos la víspera en la Cueva del Caracol para pasar la noche y al día siguiente, con las primeras luces del alba, iniciar el recorrido hasta la villa de Valverde.
Habíamos quedado en el puente Fernando Rivera, Luis Espínosa, Ceferino Sánchez, Manolo Trujillo, Pepe Reboso, mi primo Ramón y el que esto escribe. Ya reunidos, partimos caminando hacia el Mocanal para, una vez subida la cuesta de Betenama, adentrarnos en la mole de Los Lomos, dejando atrás el hueco del Garoé, abarcando con la mirada la comarca de Azofa y la inmensa planicie de Nisdafe, donde las amapolas que se entremezclaban con las vainas de las habas y las espigas de los trigales daban al ambiente una serena gratitud.
Bordeamos la cresta de Malpaso, teniendo a nuestros pies la isla partida en dos, donde las imponentes laderas del Julan soñaban historia de pastores y de navíos que rendían honores a los bimbaches aposentados alrededor del Tagoror. Ya una vez pasando por la “raya” del Cepon, la de la Llania, Binto, Tegeguate y las Cuatro Esquinas, llegamos a la Dehesa al atardecer, dirigiéndonos hacia la Cueva del Caracol dispuestos a pasar la noche.
La Dehesa ya sonaba a fiesta. Y muchos peregrinos que habían madrugado se encontraban en el refugio donde pasarían la noche cumpliendo promesas que habían hecho a la virgen de Los Reyes.
Mientras nosotros, al cobijo de la Cueva del Caracol, pasamos una noche verdaderamente de frío, pero que el jolgorio de la juventud nos impidió dormir, y solo deseábamos que los bailarines que llegaban de Sabinosa con sus pitos, chácaras y tambores comenzaran a retumbar dentro del santuario, previo a la misa, y se procediera al inicio de la comitiva.
Ascendimos por la ladera, Piedra del Regidor arriba, llegando a Valverde a las 7 de la tarde; las caderas de los burros fueron nuestro mejor transporte. Cuando descansábamos del camino, las botas de vino circulaban con generosidad donde los manteles del llano de la Cruz de los Reyes nos sorprendieron al convertirse en uno solo, grande y magnánimo. Tal como siempre nos habían contado.
Fue la de 1957 nuestra primera Bajada, donde la emotividad se despegaba de la tierra y las loas en la antiplanicie de la Cruz enaltecieron las leyendas y penurias de personas que cumplían con sus promesas y que, llegando una vez, reanudando la caminata, nos acercamos a las Cuatro Esquinas y, recorriendo las veredas de Ajare y con el polvo del camino pegado al cuerpo y con nuestro ánimo inundado de sentimiento, llegamos a la iglesia de la Concepción, donde el retumbo de pitos, flautas y tambores puso en el aliento de todos un silencio y una emotividad plena de ternura y de pueblo. Allí estaban el pueblo, el herreño y el forastero, que en aquellos momentos se daban un abrazo con sus gestos y emociones marcados en los rostros expectantes y sorprendidos.
Fue una buena Bajada. Mayo se entusiasmó y la isla de El Hierro tributó honores a la leyenda y a la historia.
El mayo de 1957 también fue año de exámenes. Los profesores que llegaban para examinarnos pertenecían al Instituto de Santa Cruz, integrados por don Basilio Francés, don Pablo Pou, don Luis Arnay, don Miguel Segura y don José Beltrán. Para desarrollar los exámenes se había acomodado la Biblioteca y parte de la planta baja del Ayuntamiento, donde se iba a decidir qué hacer con nuestro aprovechamiento durante el curso.
Nos íbamos a estudiar, a veces al Lomo del Cura en San Juan, al frescor de los pinos, los días de guagua del viernes para aprovechar que en ella llegaba Bejarano, maestro de San Andrés que era el profesor encargado de ensayar unas tablas de gimnasia, las que teníamos que desarrollar en la plaza del Cabildo ante los profesores que nos veían desde la ventana del Cabildo.
Ese año de 1957 estábamos en sexto curso de bachillerato, apoyados por la dedicación de nuestros profesores, Da. Inocencia, Don Valentín, Don Paco Méndez, Don Álvaro Fernández, el farmacéutico, y el veterinario aragonés, Fataz Larreta, que derrocharon toda su sabiduría y docencia para que obtuviésemos un buen resultado que propiciaban con paciencia y dedicación, transmitiéndonos lo que sabían, su conocimiento sobre las materias que impartían con sumo cuidado, exactitud y cordialidad.
Aquel año de 1957 marcó caminos que alumbraron posibles destinos; sabíamos que muchos nos iríamos a La Laguna o a la Península a continuar con los estudios universitarios y siempre con la zozobra si podríamos o no terminarlos.
Pero llevando como bagaje el recuerdo y empeño de nuestros profesores, que fue el mejor acicate que nos estimuló para desarrollar en la Universidad las carreras universitarias que habíamos elegido.
Sí, el año 1957, al menos por mi parte, fue un hito importante y decisivo de emociones e interrogantes, que me hicieron sentir que había comenzado una etapa interesante de mi vida.








