Por Juan Jesús Ayala (Filósofo).
Sin los libros, la estructura mental-intelectual de los humanos entraría en derrota. Los libros, su lectura, ayudarían a levantar la mirada de la interrogación más allá de nuestro entorno; nos prolongarían a la reflexión, a no comulgar con ruedas de molino ni a luchar contra lo imposible como don Quijote con las aspas de los molinos de viento.
Con los libros, una vez que hayamos leído dentro de sus tapas párrafos de interés no solo científicos, sino simplemente cuestiones que conciernen al ser humano, estaremos con un pie en un espacio de huida de lo ramplón, de zafarnos de la insignificancia de los que, hablándonos desde altas tribunas, ponen en entredicho su ridiculez, su euforia inacabada con la estulticia disfrazada de una grandilocuencia ciertamente fatua e inexistente camino de la violencia como negocio. Siempre el dichoso negocio.
Y abundando en la cuestión del negocio, la historia no conoce ningún sistema de poder o modelo de civilización que no haya engendrado sus formas específicas de violencia estructural, desde la sociedad esclavista de la antigüedad y el feudalismo medieval a las dictaduras fascistas y comunistas del siglo XX y de este primer tercio del XXI.
Los tufos dictatoriales que han asumido las democracias, vamos a llamarlas capitalistas, no se han podido superar. A más prepotencia liberal-capitalista, las palabras son meras comparsas ante las promesas incumplidas, que ocasionan rebotes fascistas donde el cabreo de las gentes, las frustraciones que arrastran, conducen a la violencia ante la impotencia y desesperación, a la búsqueda de otro amparo que al menos sirva de una válvula de escape, eso sí, muy peligrosa e imprevisible hasta donde se pudiera llegar.
Además, remarcando lo anterior, no ha habido ninguna época histórica ni ninguna civilización en la que el poder del dinero haya sido tan abrumador como en la actualidad, donde se pudiera corregir el poder de los ricos que amedrenta si pusiéramos la lectura, los libros en los anaqueles de la curiosidad para, al menos, intuir con quién nos jugamos los garbanzos.
Y siempre teniendo cuidado y cierto poder de selección, y es que los libros se publican a tal velocidad que pudieran volvernos más incultos, ya que si se leyera un libro diario, se estaría dejando de leer los cuatro mil publicados ese mismo día; llegando al mismo sitio, o sea, no hemos leído nada, emulando a Gracián: “Es mucho el saber y poco el vivir”.
Como pregona, Hurssel, la autonomía de la razón, la libertad del sujeto personal consiste en no someternos pasivamente a las influencias ajenas, sino que se decida por sí mismo. Una persona puede estar bajo la más feroz de las autocracias, pero conservar su conciencia de libertad ofreciendo resistencia activa a los poseedores del lacayismo oficial y a los discursos disfrazados de una prepotencia apabullante que no da término.
La sociedad cada vez está más dependiente de contradicciones donde lo irracional y agónico cobra un protagonismo difícil de apartar por sí mismo, si no dejamos a un lado la incultura del grito, del empujón, de la dureza, de la frialdad, del recelo y de los gestos evasivos.
Pero con el libro adecuado, podremos saltar portillos donde la trampa y el cartón sean evidentes, alejándonos de la quintaesencia de las conductas repetitivas, reafirmando las propias donde se inicie el plantón de una simiente distinta que ayude a crecer, dando la espalda a los clichés y a los tópicos que apabullan.







