Por Juan Manuel Martínez Carmona (Biólogo).
El Hierro acoge 22 especies y subespecies de plantas endémicas que no se encuentran en otro lugar del mundo. Valoraremos en su justa medida este valioso patrimonio natural si tenemos en cuenta que, por ejemplo, Alemania alberga 15 plantas endémicas o 47 el conjunto de las Islas Británicas. Desafortunadamente, muchos de los endemismos herreños resisten al borde de la extinción, refugiados en riscos inaccesibles a reses (cabras y ovejas) y conejos. En este sentido, no podemos olvidar la trascendencia que ha tenido la ganadería en nuestra isla como estrategia de vida, implantada desde hace casi dos mil años. Un modelo que apuntaló la supervivencia del ser humano en un territorio con recursos limitados, pero también acarreó efectos colaterales alterando paisajes naturales y flora. No obstante, hoy día poseemos los conocimientos, medios y responsabilidad de recuperar estas especies salvadas “in extremis”.
Tincos, Tabano, Jinama, Fuga Florida…, espléndidos riscos alzados en pleno monte que guarecen los últimos reductos de bencomia herreña (Bencomia sphaerocarpa) y col salvaje (Crambe feuilleei). Incluso agarrados del abismo, estos arbustos fueron recolectados por valientes pastores que se jugaban la vida, suspendidos con precarias sogas, en los endiablados voladeros. Ambas especies botánicas evolucionaron luchando por la luz dentro del bosque, adquiriendo gran tamaño. En particular la bencomia, que puede desarrollar portes arbóreos. Además, la profusa ramificación nos recuerda su parentesco con rosas y zarzas. Integrante de una estirpe ancestral, al contemplar el atractivo aspecto de la bencomia, desplegando penachos de hojas divididas sobre el ápice de las ramas, evocamos la primitiva flora canaria. La bencomia presenta los sexos separados, produciendo la planta hembra generosas cosechas de frutos carnosos. Consumidos por aves (cuervos, mirlos, etc.) y lagartos, las semillas mejoran sus tasas de germinación y son dispersadas a distancia. Apenas medio centenar de bencomias herreñas salvaron la especie. Y eso que debió abundar, atendiendo a su extraordinario crecimiento en suelos fértiles. Pero resulta vulnerable frente al ganado (muere si es comida con reiteración) y los incendios. Afortunadamente, el formidable trabajo realizado en el Vivero del Cabildo ha propiciado la realización de plantaciones en diferentes rincones de la isla, garantizando el futuro de este endemismo.
Gigante en una familia de modestas hierbas (alhelí, relinchón, artemiña, etc.), la col salvaje despliega espectaculares espigas, de hasta tres metros de altura, cuajadas de florecillas blancas que embellecen estos días de julio los arcenes de la carretera de la cumbre, al pie del risco de Tabano. De su tronco leñoso nacen grandes y distintivas hojas ovadas, optimizando al máximo la captación de luz en el sotobosque. El censo de col salvaje ronda los 300 ejemplares, atisbándose cierta recuperación de sus poblaciones. También parece positiva la evolución demográfica del codeso herreño (Adenocarpus ombriosus), llevado al borde de la extinción por el apetito de las reses. Allí donde es accesible, cabras y ovejas devoran con fruición el follaje hasta donde alcanzan, llegando a encaramarse sobre sus patas traseras. A esta presión sumamos el impacto de las sequías recurrentes, que arrasan con muchos ejemplares, como aconteció en el interior de la caldera de Fireba, donde solo sobrevivieron aquellos codesos acogidos a la protección (y riego) de los brezos. De floración tardía, durante los meses de junio y julio los codesos relucen de amarillo en paredones y crestas de la cumbre (Jinama, Fireba, El Jorado). Varios de sus reductos más accesibles están protegidos con vallas; estrategia eficaz que, por otro lado, facilita la contemplación de esta magnífica leguminosa en la parcela habilitada cerca de la ermita de San Salvador.










