“Lo peor del sueño es despertar”

(Segunda parte).

Por Roque del Pozo.

Durante el receso había estado sonando el concierto para piano número 3 de Serguéi Rajmáninov. Al concluir, el descarnado mayordomo recordó a los prebostes que debían regresar al salón de reuniones. Y así lo hicieron, sin premura y tras vestirse adecuadamente quienes habían disfrutado del baño en la lujosa piscina o en las cabinas de hidromasaje. 

El presidente se ha ausentado de sus dependencias palaciegas y aguarda hasta que Ambrosio le llame para continuar la sesión. Sin duda, ha permanecido cerca de veinte minutos en el baño turco, liberando el estrés. Sus poros han eliminado las últimas toxinas e impurezas de los comportamientos anacrónicos. Los retrógrados y los fachas han sido pulverizados con el insecticida del progresismo social. Ahora, se siente limpio y con la circulación sanguínea mejorada. El baño turco es como una catarsis espiritual, como el efecto de una función trágica que le redime de los traumas causados por la recalcitrante maldad de los reaccionarios. Es el vencedor, el aclamado líder. «He vencido sin derramar una gota de sangre», se repite relinchando y frotándose el pecho, igual que un gorila bajo el chorro de agua fría y benefactora.

La llamada de Ambrosio le recuerda su deber. Regresa al gran salón, relajado y carialegre. Ha prescindido de la chaqueta y trae la camisa blanca remangada al estilo italiano. Sin dilación, reanuda el consejo.

—Como os decía antes de la pausa, la lucha no menguó. Seguimos empeñados en el combate. Y no paramos hasta que nuestros compañeros cautivos fueron indultados, amnistiados y rehabilitados. Por desgracia, los hostigamientos y vejaciones de una prensa canallesca acabaron con la vida de Fortunato Ruiz, un ejemplo de socialista sencillo, desprendido y sin mácula.

—El mazazo que noqueó a esos retrógrados fue la amnistía de los catalanes. Te la jugaste, presidente, pero saliste airoso.  Nunca conocí a un político como tú. Por la mañana anunciaste al pueblo que la amnistía era ilegal; por la tarde, lo contrario. Y para darles el tiro de gracia, el Tribunal de la Unión Europea te da la razón. Eres digno hijo de los dioses. ¡Viva el presidente! —chilló enardecido el preboste número veintinueve, soltando el lápiz con el que había estado dibujando la caricatura del número dos, que tenía enfrente. Se levantó y comenzó a palmear fuera de sí. Los demás siguieron su ejemplo. El aplauso fue tan visceral y prolongado que el secretario, frunciendo los labios, miró al presidente, activó la tecla de reposo del ordenador y se enjugó la frente con un pañuelo almidonado, que más parecía un lienzo de presbítero.

—No podemos olvidar las ignominias al Pesquisidor General de la República, aquí presente y preboste de Justicia perpetuo, a quien dispararon a quemarropa —asevera el asistente número siete, un individuo obeso con manchas blanquecinas en las manos. Mira al presidente de soslayo mientras agarra la botella de cristal Fiji Water. Con manos temblorosas llena el vaso y bebe varios tragos cortos, alargando el gaznate, como un capón. Unas gotitas ambarinas se deslizan por el barbado mentón sometido recientemente a una mentoplastia por una retrognatia congénita. «Está mejor así, ¡dónde va a parar! —reconoce la preboste que le mira desde el asiento de enfrente.

—Ni a tu noble hermano, espejo de franca sencillez, a quien esos jueces corruptos acosaron como una rehala endemoniada y rabiosa —sentencia la preboste número diez. Delante de sus manos gordezuelas arde un caldero de hierro fundido donde se consumen incienso, albahaca y salvia. El olor asciende parsimonioso y se expande por la luminosa estancia, dejando una purificada estela que no desagrada al alabancioso presidente—. Lo inhabilitaron sin compasión. Pero guardaste la compostura, acataste el fallo y obraste con la inteligencia que te engrandece. La sinfónica que ahora dirige en ese país melómano por excelencia es mucho más prestigiosa y mejor retribuida que la provinciana aquella, que fue incapaz de reconocer su valía. ¡Que se jodan!

—Pero no podemos olvidar cómo la fortuna vino en nuestra ayuda, querido presidente. Aquella advenediza pasiega que amagó nuestro futuro alcanzó su merecido. Perder el control del coche en una curva no es algo infrecuente. Le estaremos siempre agradecidos, pues su retirada a tiempo disipó los molestos e insidiosos humos que había levantado —recuerda la preboste duodécima, limpiando con delicadeza las gafas Bulgari, cuya montura, de fino acabado en titanio, trasluce detalles de precisión artesanal—. Cada uno tiene lo que se merece y esa palurda picaba muy alto. 

—Pero lo más grave fue, querido presidente, violentar el sancta sanctorum de tu vida conyugal. ¿Y para qué? Fue una dentellada en el hueso. Aquellos corruptos congénitos desconocían nuestra secular honradez e intachable esencia —ratifica una mujer que luce un vestido carmesí. Una insignia con la foto del presidente luce en su pecho insuflado de complacencia. Ella misma fue objeto de una campaña de acoso y derribo, que a duras penas pudo enfrentar. Pero la preboste veintitrés renació de las cenizas y el presidente la elevó al olimpo de los elegidos. Solo tuvo que amoldarse a su paso, sin perturbarlo, y encomiando sus actos sin reserva.

—Hablas con asepsia, compañera. Pero la árida travesía por el desierto es ya una mera anécdota. Hemos resistido y renacido del fango en el que nos quisieron ahogar. La nación nos pertenece. La vida nos pertenece. Vascos y catalanes gozan de plena autonomía y solo nos ocupamos de atender a su defensa.  Pagan sin rechistar y somos vecinos bien avenidos. Las dos ciudades africanas ya no causan problemas y prosperan a la sombra del sultán. 

—¿Siguen empeñados en quedarse también con las Canarias, presidente? —pregunta la preboste número trece que lucha por no pasar desapercibida.

—Ese Mohammed es un pesado, Amparito. De momento, lo voy toreando. El palacete de La Mareta no lo suelto, se ponga como se ponga. Está loco por veranear allí, pero le voy dando largas. Me ha propuesto que, si no de golpe, sí en dos fases. Estamos valorando cederles la provincia occidental, únicamente. Pero no hay nada decidido —responde y le ofrece una sonrisa que reanima la esperanza de la mujer. El presidente aprovecha para beber un trago de cerveza de jengibre con Drambuie y prosigue, relamiéndose los labios como raposo satisfecho—. En estos momentos, como sabéis, el pueblo vive ajeno, dichoso de vitorearnos; y podemos asegurar que no se vislumbran contestatarios ni desavenencias en nuestra nación. ¡Y nos ocuparemos de que siempre sea así!

—Se oyen los gritos del pueblo, presidente. Te aclaman. Quieren felicitarte. ¡Escucha! —exclama el preboste veintiséis, repolludo como un buda con su blusón azul celeste, asomando al ventanal—. ¡Escucha, escucha! 

—Suleiman lleva razón, presidente. Debes mostrarte, bendecirlos. Hoy es el segundo aniversario de la III República, además de tu nombramiento como presidente vitalicio —aconseja la voz aflautada del preboste diecisiete, aquejado de reflujo gástrico crónico, debido a una hernia de hiato. Se masajea la barba blanca, algo descuidada. Su labio superior tiene una acusada protusión y recuerda al de un ungulado de piel rufescente ramoneando entre las espinosas acacias.

El presidente parece indeciso, pero es solo una pose. Domina el gesto, las pausas, las inflexiones y la mirada como nadie; encandila al auditorio y lo arrastra. En sus modulaciones convierte la mentira en verdad, las penas en alegrías y la amargura en dulzor. No solo se considera un eximio actor, sino que ha desbancado al mismísimo David Garrick. Sin embargo, se refrena y les rocía con una lección de humildad.

—Sería contraproducente. El excesivo almíbar, ya sabéis que me empalaga. Vuestro presidente es moderado y frugal —dice con una sonrisa sesgada y elocuente ademán que restituye a su asiento al embullonado preboste. El presidente también se sienta y termina la copa.

—El aplauso del pueblo es resbaladizo; no tiene consistencia. Es como una anguila. Tienes razón, presidente: ya se han ido. Necesita pan y circo; y, sobre todo, liberarle de pensar. Ahí está el quid; y tú lo has conseguido. Pero se ha acostumbrado al cebo, a la mesa puesta —interviene el preboste de subsistencias. Es un vegano de cutis macilento, que sobrevive a base de tofu, tempeh, seitán y leche de avena; y a veces, vino clarificado con irish moss. Presidente, están perdiendo el norte, me temo.

—Eres como un profeta hebreo, presidente. Siempre tendrás un ojo clínico y una sagacidad envidiable. ¿Te acuerdas? Los inmigrantes que tanto criticaban aquellos ultras se han integrado y son modelo de civismo. Sus votos nos permitieron aniquilarlos —afirma el preboste veintinueve, empuñando el lápiz 7B, comenzando a delinear la caricatura del enteco y miope secretario cuyas gafas de acetato, estilo Windsor, resbalan por su nariz bulbosa.

—La ley de nietos te permitió continuar en el poder y elaborar leyes a conveniencia. La historia te recordará como el gran muñidor de la nación, el estadista visionario que vislumbraba el final del túnel. Gracias por tantos logros y tantas alegrías, presidente. ¡Salud y larga vida! —grita la preboste número once, encargada de la diversidad étnica y reversibilidad de género, una transexual que ha mutado tres veces de género —maverik, fluido y agender—, y se rumorea que en breve volverá a transicionar. Quizá con ocasión del Día del Orgullo mute en alguna identidad alterhumana. De hecho, lleva una máscara de setter irlandés y, antes de que suenen los aplausos y vítores, salta del sillón y trota a cuatro patas exhibiendo una lengua que oscila goteante. 

—Es una furry fandom, no se sacia con nada —comenta el preboste de cabeza pelona que se sienta al lado del secretario. Y suelta una ampulosa carcajada cuando el setter se detiene al lado del presidente, levanta una pata y lanza un virtual chorro de orina a su pernera. Luego, apoya las patas delanteras en el regazo y el presidente le acaricia la cabeza con delicadeza. Enseguida se retira y le da por atacar al preboste número cinco, que maúlla lastimeramente en su asiento. Pero el incidente concluye cuando ambos se lengüetean cariñosa y reiteradamente.

Transcurrido este lapso de distensión, el presidente toma la palabra, sin levantarse, para anunciar que las vacaciones estivales del gabinete tendrán una duración de dos meses y consistirán en un crucero por los principales puertos costeros de la nación.

—Aprovecharemos para recorrer las ciudades y pueblos, saludar a los habitantes y conocer su cotidianeidad. Descenderéis de la cima para mezclaros con el pueblo servicial y trabajador. Así verán cómo la República los cuida y protege.  Ambrosio, solo embarcarán los prebostes, sin familia. ¿Entendido? Toma las disposiciones convenientes para que todo se lleve a cabo adecuadamente. El yate saldrá dentro de tres semanas del puerto cántabro que te indiqué.

—Excelencia, ¿me ocupo también de las escorts? —pregunta el secretario con un hilo de voz.

—Por supuesto, Ambrosio, parece mentira. Batallas duras, camas blandas; ya conoces mis comienzos. ¡Ja, ja, ja! Rentboys, gigolós, taxiboys y toda la panoplia disponible para que ninguno se sienta marginado en sus íntimos deseos. ¡Ah!, y no te olvides de satisfacer a los therians, que luego me llueven las críticas. ¡Ja, ja, ja!

—Presidente, ¿es que tú no vendrás con nosotros? —pregunta con un rictus de frustración la preboste número trece, temiendo perder aquella excelente oportunidad.

—Pasaré mis vacaciones en compañía de Ordoñita; ya sabéis lo enamorados que seguimos. Iremos juntos a la eternidad, como Romeo y Julieta. ¡Ja, ja, ja! Por lo pronto, las vacaciones estivales las pasaremos en la soledad de las montañas, reflexionando en nuevas ideas que colmen de felicidad al pueblo entregado, sumiso y trabajador. Ambrosio os mantendrá informados.

El secretario asiente con los labios fruncidos, se acomoda las gafas que se le han escurrido hasta el bulbo nasal y toma nota para que nada se le escape

—Ambrosio, no se te olvide avisar al Falcon, que esté disponible por si lo necesito. Es posible que viaje hasta la Antártida antes del otoño. Ordoñita está loca por pisar ese continente y creo que es el momento de hacerlo. Necesita respirar aire puro, olvidar los malos momentos y pasar desapercibida. La presidenta de Argentina me ha invitado reiteradamente. Iremos en su yate privado, desde Ushuaia. Aunque no sé por qué Mohammed está loco por venir. 

—Excelente idea, presidente. Allá, entre hielos y focas, se oxigenará y vendrá renovada. Pero no te lleves al moro, que te la envuelve y te quedas sin La Mareta. ¡Ja, ja, ja!

Cuando dos sargentos uniformados franquean el portón de acceso y el rechoncho ordenanza entreabre los ventanales, la algarabía de los pájaros no consigue acallar los atronadores aplausos y ovaciones desbordantes que cierran la sesión extraordinaria de gobierno de la III República.

(Continuará).

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