(Primera parte).
Por Roque del Pozo.
Por la puerta escusada, el presidente de la III República entra en el gran salón del Consejo. Viene erguido, como un macero durante la fiesta mayor, luciendo una sonrisa nacarada y un atuendo spezzatto —chaqueta azul marino, pantalón beige y mocasines de terciopelo, sin calcetines—. Antes de encaminarse hacia la entrada principal, mira a los treinta y tres expectantes prebostes, que aguardan de pie frente a los marcasitios personalizados con la fotografía respectiva; y luego, a la primorosa puerta de madera traída del neotrópico. Y observa las dos cortinillas verde musgo; una, en mitad de la hoja; la otra, a un palmo, encima del fastuoso dintel.
Con pasos estevados y algo parsimoniosos se acerca al secretario que permanece tieso como un añoso y cuarteado mojón.
Cuatro ruidosos y flemáticos menestrales, siguiendo las consignas de este, acaban de instalar la monumental puerta. Y no ha sido tarea sencilla, dadas sus dimensiones y relevancia. La enviaron protegida entre telas acolchadas de algodón ecológico, y fueron retiradas en presencia de varios funcionarios que aguardaban expectantes, como si fueran a levantar la correspondiente acta.
—Mucho cuidado, Gumersindo; aunque es madera de guayacán, se puede astillar alguna esquina y… —Le advirtió al jefe del equipo un funcionario de lo más enterado, con hechuras de cobista incorregible—. ¡Ah!, veo que llevan ustedes botas de seguridad. ¡Bien, bien! ¡Cuidado, cuidado! ¡Despacio…, despacio!
Gumersindo lo ignora con la experiencia de un jabalí de colmillo retorcido y colocan la puerta en el vano y la apuntalan con robustas charnelas doradas.
—Cosa linda, don Ambrosio —reconoció el oficial carpintero cuando la puerta quedó asegurada en su lugar. Abrió y cerró un par de veces y se volvió hacia el secretario, sudando como un corredor de maratón en la línea de meta. Y después de que este le palmee en el hombro, una sonrisa amplia y jovial ilumina su rostro de mejillas túmidas; y como si él fuera el artífice de la obra, añade—: ¡Clavado, don Ambrosio! ¡Al señor presidente lo han clavado! Fíjese en la nariz… ¿Eh? Y en la barbilla. Hasta se le ve la cicatriz del labio, ¿eh? ¡Qué mano, don Ambrosio! —Y le hace entrega de las llaves como si fuera Justino de Nassau, aunque sin coleto ni chambergo.
El secretario asiente en silencio, le dice que corra el tapiz para ocultar la efigie, recojan las herramientas y se vayan. Luego, aunque no es necesario, llama a Merceditas, la jefa de las limpiadoras, y le pide que le pase un pañito.
—¡Magnífico, Ambrosio, magnífico! —exclama el presidente con voz grave y rotunda tras descorrer la cortinilla y contemplar la celeste efigie. Su vientre, de arrogante concavidad y creciente éntasis, se hincha en una armonía de flujos y reflujos —igual que una ola bonancible en el espigón— cuando su mano acaricia la imagen perfilada. Al preboste número cuatro, la talla le recuerda al mayestático porte de un faraón de la dinastía ramésica; y al nueve, que bosteza a su lado, al de Zeus cuando asciende con Ganimedes camino del Olimpo. El presidente, ajeno a estas elucubraciones discipulares, obvia los rabiosos aplausos y sueña en cómo evocará la posteridad su egregio, largo y fructuoso mandato. Luego, empuña la barra dorada y descubre el magnífico rótulo de madera de palisandro y el epígrafe tallado en letras negras, mientras sus mejillas se pliegan mostrando una sonrisa de amplia satisfacción. El secretario se humilla como una rama colmada de fruta madura, guarda silencio y ocupa su asiento cuando el presidente y los prebostes se acomodan en los sillones de acolchado capitoné.
—“¡Ser socialista es, normalmente, tener muy poco y estar dispuesto a dar mucho!” —comienza el presidente leyendo el rótulo—. Compañeros, compañeras, compañeres: solo nuestro gurú, ejemplarizante y sabio, podía sintetizar tan noble verdad con tan hermosas palabras. Buenaventura Colmenero, a pesar de su edad provecta, aún sigue empeñado en combate, redimiendo del yugo fascista a los países hermanos; pero su espíritu munificente nos acompaña y acompañará siempre. —Frunce los labios y desliza con agrado sus perspicaces ojos sobre los silentes y devotos prebostes—. En estos veinte años rigiendo los destinos de la nación, hemos conseguido hundir en el fango a la oposición. Al presente, todas las instituciones del Estado nos pertenecen. ¡Absolutamente todas! ¡Sin excepción! Nada se mueve sin nuestro beneplácito. Nos ha costado lo indecible, bien lo sabéis. Pero ahora los vientos soplan favorables y nadie se opone a nuestras políticas progresistas. El eslogan de Buenaventura será, de hoy en adelante, el leitmotiv oficial, la divisa que acompañará la acción de la república socialista. Somos un partido único, compañeros, ya nadie discute nuestras políticas. Y ese fue el objetivo que nos marcamos cuando pedimos a los ciudadanos, ciudadanas y ciudadanes que eligieran entre monarquía o república. Y ellos, ellas y elles, sabiamente, respaldaron nuestra propuesta. ¡Mayoritariamente, compañeros, compañeras y compañeres! De esa manera conseguimos reducir a la nada la caterva de corruptos y retrógrados conservadores; a esos genuinos defensores de la España negra y rancia. Desde entonces, amargados y resentidos, orbitan en la galaxia fachosférica. Y este triunfo, manifiesto e perdurable no hubiera sido posible sin vuestra servicial colaboración y ayuda. Gracias a todas, todes y todos.
Los treinta y tres prebostes, amén del secretario, poseídos por las palabras de la divinidad, sin soslayar su arrobamiento, son eyectados de los asientos y se lanzan a una inacabable salva de aplausos. El presidente, avezado a vivir en perpetuo ambiente sahumador, no se conmueve; aun así, se deja querer y levita envuelto en una sonrisa bobalicona, sardónica y estereotipada. Pasados cuatro minutos y cuarenta segundos, alza apenas la mano y los prebostes se refrenan congestionados y eufóricos, aclocándose como gallinas en trance.
El presidente va al grano. Sus palabras, siempre perspicuas y firmes, rocían a los prebostes, que se abren igual que estomas en la mañana primaveral:
—Y la manera, apreciados camaradas, camarados y camarades, de celebrar la perpetua hegemonía de nuestra organización consistirá en un insignificante incremento de las remuneraciones que afectan a los cargos y cargas que ostentamos. A propuesta de la preboste económica, se incrementan en un 20 % las retribuciones de los miembros de este consejo; retribuciones que, como sabéis, habían perdido poder adquisitivo. Con tan austero incremento paliamos los sacrificios realizados y recuperamos la calidad de vida, largo tiempo contenida.
Ninguno de los asistentes parece manifestar objeción, a tenor de los semblantes de contenida euforia; al contrario, unos resuellos irreprimibles brillan en las retinas y revolotean por el salón, igual que mariposas recién salidas del estado quiescente. Sin embargo, y quizá por salvar las apariencias y no disonar del mensaje del gurú, algunos prebostes rebullen en los sillones; aunque con celo moderado.
—Sería contraproducente, dado los bajos salarios, la fuerte subida del paro y del índice de precios al consumo, presidente —objeta, con leve inseguridad, la preboste número seis, rascándose la barbilla y esbozando una sonrisa de echadora de cartas. Su nariz, corva como la de un águila culebrera, olfatea y remueve los papeles. La hacendista exhibe llamativas uñas coffin, que parecen ataúdes de tono nude, para enmagrecer sus dedos rollizos, de leve clinodactilia en sendos meñiques.
—Esa subida contradice la divisa de nuestro gurú, querido presidente. ¿No deberíamos ser más comedidos? —se anima la número trece, una mujer de exuberante cabello ondulante que cubre sus hombros desnudos y morenos, mirando extasiada a la divinidad. Es vox populi que aguarda con impaciencia un encuentro íntimo con él, en su palacete de descanso. Y este fin de semana el presidente viaja solo al sur, ya que su esposa está aquejada de gastroenteritis y…
—No habéis entendido el mensaje, compañeras. Los conciudadanos, conciudadanas y conciudadanes, a quienes con devoción servimos, reciben satisfechos nuestro sudor, nuestra sangre, nuestra vida. Nos inmolamos por ellos, por ellas y por elles. Nos consumimos mejorando sus vidas, su bienestar. Los liberamos de pensar. Solo tienen que obedecer. Y eso, compañeras, no se paga con dinero. Los socialistas somos servidores y servidoras del rebaño; somos misioneros, misioneres y misioneras que nos inmolamos para darles el pan, la sal y los mejores herbazales, evitándoles las penas y zozobras que lleva inherente el pensamiento. ¿Acaso no recordáis el lamentable estado en que dejaron al pueblo los ineptos burgueses?
—¿Cómo olvidarlo, presidente? Dos legislaturas nos costó enderezar el timón del barco, que hacía aguas irremisiblemente —asevera el preboste treinta y uno, atusándose el bigote walrus. Parece un leñador de las montañas bávaras; y sin duda tajaría el cuello a algún renegado si el presidente se lo pidiera. Abre la refinada satchel de ante, coge una botellita de argán con dosificador y se aplica varias dosis sobre el mostacho para hidratarlo y reducir el picor que le incomoda bajo la piel subyacente.
—Esos burgueses se unieron con la ultraderecha y eso nos allanó el camino. ¿Es que habéis olvidado el asunto de las joyas? Nunca fueron de Buenaventura, lo sabéis. ¿Cómo pudieron acusarlo de un acto tan vil? Por no hablar de la condena por el asunto del rescate de Plus Ultra, cuando era una compañía estratégica y viable. Dominados por la maldad e impacientes por recuperar el poder, sobornaron a su custodio y robaron las llaves de la caja fuerte donde tenía las escasas joyas de Angelita Micaela, su austera y ejemplar esposa. Le robaron —compañeros, compañeras y compañeres— y en su lugar metieron una colección de abyectas diademas capitalistas. Su maldad no tiene perdón, os lo aseguro. Pero la verdad se hizo camino; un camino de honradez, virtud inherente de nuestro partido. Tuvimos que amnistiarlo por vía de urgencia para lavar la porquería que le arrojaron.
Una fulminante salva de aplausos, inacabables, ruidosos y entreverados de gritos de euforia y ánimo, se despeña por los amplios ventanales y zarandean los floridos naranjos que hinchan de luz los espléndidos jardines.
—Gracias, muchas gracias. Ambrosio, ¿tenemos previsto un aperitivo en la zona de baño…? ¿Sí…? Perfecto. ¿Una hora…? Suficiente.
Aunque el aire acondicionado mantenía el salón en un ambiente de lo más acogedor y agradable, a nadie le importó interrumpir la reunión para darse un baño, tomar un aperitivo o darle vuelo a la hilacha en los reservados del complejo presidencial.
—Lo mejor para el estrés, Puri, es cabalgar un rato. ¿Qué dices? —pregunta la preboste de Visibilidad Lésbica.
—Pa luego es tarde, cariño —responde jubilosa la que dirige el departamento de Ideologización, desabrochándose los botones de la camisa roja.
—¿Puedo? —se apunta la coordinadora de Protección Planetaria, pasando al reservado en primer lugar…
(Continuará).








