Por Roque del Pozo.
La juez mira al imputado con ojos de vulpeja. Y atisba ciertos destellos de burla amalgamados de estupidez; de una estupidez que le cuesta entender. Soslaya la respuesta —por temor a sacar el pie del estribo— y le ordena, con un gesto nada ambivalente, que se retire.
El sospechoso, que obra con la buena fe del desconocimiento, tarda unos segundos en reaccionar, pero no se atreve a replicar y abandona el despacho sin dar la espalda a su señoría.
Camino del taller, Avelino Sañudo, que va en su Skoda Fabia, se detiene en el bar La Garrafa. Entra al bullicio de mañana, sin saludar al cuponero de la ONCE, y pide cortado con leche de avena. Vacía medio sobrecito de eritritol que vuelve a guardar en el bolsillo de la chaqueta. Después del primer sorbo, nota que le palmean en el hombro. Se vuelve. Es Marta Glaría, su amante ocasional y confidente. Tiene una hija de tres años: Salomé. Avelino no lo sabe a ciencia cierta, pero sospecha que él es el padre. Sin embargo, ella decidió ser madre soltera y no revelar la identidad paterna. Él la respeta, desde luego.
Marta le nota triste y le pregunta. Se sientan en la mesa de la esquina, al lado de una ventana, mirando a la calle, más concurrida de lo habitual. Marta ha pedido un capuchino y sonríe mientras Avelino echa un vistazo al cartel de Fito y Fitipaldis promocionando su concierto Aullidos para el próximo otoño.
—Ya te comenté que me imputaron por desfalco. No sé qué hacer, Marta. La juez me ha retirado el pasaporte. Se ha pasado de frenada —explota Avelino y pide otro café.
—No te preocupes, todo se aclarará —le anima ella sonriendo con desgana y reparando en el tipo obeso de la mesa contigua—. Entonces no podrás ir a Marruecos, a la entrega de despacho de Abdalá.
—Eso es lo peor. Nunca me lo perdonará.
—Tendrás que llamarlo. Cuéntale lo que pasa. Es lo mejor. Oye, ¿no se lo dijiste a la juez? A veces, ceden. Mira cómo a la mujer de Sánchez la dejaron viajar a Londres. Y está imputada, ¿no? Y como ella, otros que orbitan las altas esferas.
—No digas bobadas, Marta. Pensé que me encerraba. Tenías que haber visto la mirada que me echó. —Avelino vacía lo que queda del sobrecito en el café y remueve con nerviosa agilidad.
—La justicia no es igual para todos. Ya lo sabes. Seguimos siendo unos parias.
Marta sabe que no le falta razón, pero se calla. Mira el móvil y contesta a un mensaje. Luego, se acondiciona la melena rubia y sorbe con delicadeza el capuchino. Cierra los ojos un instante y piensa en lo que le ocurrió al pobre desgraciado de una novela picaresca. Un hombre rico y el criado de un eminente hombre de iglesia se sientan frente al juez. Al pícaro le asiste la razón. Sin embargo, al final, el juez sentencia con estas palabras: “Tiene razón, señor Guzmán, pero por lo que veo, se la que tengo que dar al vizconde”. El aristócrata acababa de mostrarle al juez un grueso fajo de billetes por debajo de la mesa.
Y quien dice dinero, dice influencia y poder, colige Marta convencida, mirando la pantalla del móvil.
Tampoco le menciona la condena de Iñaki Urdangarín. Recuerda que cumplió la pena en el Centro Penitenciario de Brieva —en Ávila—, una instalación exclusiva para mujeres, y en un módulo especial de 400 metros cuadrados, separado del resto de las reclusas. La celda era, en realidad, un amplio loft con patio privado y gimnasio dotado de pesas, bicicleta estática y piscina. Ni lo de los presos independentistas catalanes encerrados en la prisión de Lledoners, en la comarca del Bages.
No le habla de nada de estas cosas; sería hurgar en la herida y no quiere escocer su sensibilidad. Pero Avelino lo intuye y prosigue esparciendo su enfado:
—La igualdad de los ciudadanos es pura utopía. Si eres alguien, tienes un trato distinto, privilegiado; en la Justicia, en Hacienda, en la Sanidad…; bueno, en cualquier lugar. Nos engañan como a chinos. Seguimos en la prehistoria, Marta. Mucho ministerio de Igualdad, pero esto apenas ha cambiado. Y lo peor de todo es que nadie hace nada. La sociedad está anestesiada. Nos han narcotizado. Te juro que no lo entiendo.
Ella sabe que tiene razón y no insiste. Pero su mente sigue divagando. A un primo suyo le han retirado el permiso de conducir. Mientras, Zapatero amaga y trata de regatear al juez con el origen y peritaje de las afamadas joyas. Ese tipo, que llegó a presidente de gobierno, no puede ser tonto; sin embargo, los argumentos son tan insólitos —incluso pueriles— que lo parece. Eso piensa Marta mirando de reojo al individuo obeso y fisgón de la mesa contigua, que los observa sin cortarse un pelo.
En lugar de seguir hablando de los problemas judiciales de Avelino, Marta le pregunta si hace mucho que no ve al muchacho, a Abdalá.
—Al principio —le responde mientras dobla el sobrecito vacío— iba todos los años y me pasaba la mitad de las vacaciones en el país africano; luego, me lo traía conmigo el resto del verano.
Después de separarse, Aisha, la mora como él la llama, se casó con un mercader de alfombras de Fez y dejó de ir. Se sentía incómodo, fuera de lugar. Rayan congeniaba con Abdalá, como si quisiera desbancarle. Dejó de ir y le llamaba por teléfono; hablaban cada vez con mayor frialdad. Ya no había complicidad ni confianza.
Rayan había sido sargento mayor de las Fuerzas Armadas Reales de Marruecos y había perdido la mano izquierda por la explosión de un proyectil. Aunque fue condecorado, causó baja. Pero se defendía bien sin ella y, lejos de amilanarse, buscó algo que hacer. Con la indemnización montó en el zoco un bazar de alfombras. Y no le iba mal, según Aisha, que le ayudaba con frecuencia.
—Sentía que lo estaba perdiendo. Y más desde que decidió ser oficial del ejército marroquí. Eso me llegó al alma. Estoy seguro de que Rayan lo convenció, Marta. Ahí la cosa cambió. La última vez que le vi fue cuando entró en la Academia Militar. Y ahora pensaba ir a la entrega de despacho. No por gusto, sino por no empeorar las cosas. —Se quedó pensativo, con la mirada triste—. ¿Sabes una cosa…? Es como si tuviera un traidor a mi país en la familia, alguien de mi sangre que jura defender a una nación tradicionalmente hostil. Me entiendes, ¿verdad?
—Nunca debiste casarte con una mora; ellos no sienten como nosotros; somos enemigos ancestrales; como el perro y el gato. Están resentidos y no pararán hasta hacerse con Al-Ándalus. Pero no me hiciste caso, estabas hasta las trancas. Y de aquellos polvos…
—Entiendo cómo te sientes, tío. Severo Verdugo. Encantado —exclama desde la mesa contigua el comercial de artículos pesqueros. Apura el café y se bebe media botella de agua con gas—. Tienes razón, pero no es suficiente. El país se ha ido a la mierda, no se respeta nada y los políticos mienten compulsivamente, a diestro y siniestro. ¡Qué te voy a contar! A mí ya me queda poco, pero los que vengan detrás… ¡Humm! No he podido dejar de escucharte. Esa mora te hizo la cama, como lo oyes. Esa es su táctica. Tenían que prohibir ese tipo de casamientos. Por el bien común. ¡Qué coño! Cada oveja con su pareja. Así se van haciendo con el país. Esos moros no dan más que problemas. Nos invaden sin disparos, pero con el beneplácito de políticas descabelladas. Traidoras, si me apuras. Lo pagaremos caro. ¡Acordaos! ¿O pensáis que lo de Ceuta es una broma? Ese es el principio del fin.
Avelino y Marta comparten miradas de sorpresa. ¿Quién es aquel tipo obeso que suda como un caballo de tiro? Se levantan sin morder el anzuelo, abonan la cuenta y Avelino le pregunta a Laredo si le conoce.
—Pues, no sabría decirle, güey, me agarra mascando camote.
Laredo, que sabe nadar y guardar la ropa, blinda sus saberes, desembaraza los impedimentos y se planta delante de Severo a reclamar lo estipulado.
Y es que el mexicano, corredor experimentado, es un tipo discreto cuya filosofía se resume en una frase: en boca cerrada no entran moscas.








