Los super-ricos

Imagen: Luciano Eutimio Armas Morales.

Por Luciano Eutimio Armas Morales.

Tras la convulsión mundial que supuso la guerra 1939-1945 con setenta millones de muertos, y con Europa y Japón arrasados, se creó una conciencia universal que impulsó la creación de la ONU, de forma que fuese árbitro en los conflictos internacionales e interviniese para evitar situaciones como las que había vivido la humanidad en esos años.

En esos tiempos, la división bipolar entre países comunistas y países capitalistas creó una dinámica y escenario de rivalidad, que condicionó las circunstancias sociales y económicas en ambos bloques. 

En el bloque de la URSS, se produjo una industrialización acelerada, pasando de un país agrario totalmente desbastado por la guerra a una superpotencia industrial, aunque a costa de una colectivización forzosa que provocó hambrunas en el campesinado. 

Este modelo, que fue relativamente exitoso, con logros muy importantes como en la carrera espacial, pero colapsó en los años setenta y ochenta debido a la ineficiencia de la planificación centralizada, a la implantación de un sistema extractivo y a la falta de incentivos para la iniciativa privada, que provocó,  y sirva como ejemplo, que el que había sido primer país productor de trigo del mundo (Ucrania estaba incluida en la URSS), tuvo que importar trigo de Estados Unidos  en los años 80 para alimentar a sus ciudadanos.

Mientras tanto, en los países de Europa occidental, tras las precarias condiciones de vida de la población después de la Segunda Guerra Mundial, ante el auge del comunismo en estos países (en Italia, el partido comunista llegó a obtener el 34.% de los votos), y ante el temor a movimientos revolucionarios y comunistas en países como Alemania o Reino Unido, los americanos inundaron Europa con los dólares del Plan Marshall como medio de frenar el comunismo.

LA SOCIEDAD DEL BIENESTAR

La receta parecía sencilla: Si mejoramos las condiciones de vida de los trabajadores europeos, de forma que se sientan mejor que los trabajadores de la URSS, evitaremos la tentación revolucionaria. Y así funcionó el “miedo al coco del comunismo”, que dio lugar a lo que se ha llamado “la sociedad del bienestar”. 

La mejora de las condiciones de vida de los trabajadores con la apuesta de los estados por la educación con el acceso a la enseñanza pública obligatoria y gratuita, la sanidad universal, las prestaciones sociales como las pensiones o prestaciones como desempleo o incapacidad, unido a un proceso de desarrollo económico, las presiones sociales y de los sindicatos, y a una fiscalidad progresiva en la mayoría de los países, propiciaron que la mejora en las condiciones de vida de los trabajadores y de amplias capas de la población formase lo que se llamó “la clase media”.

Esa amplia clase media, que podía acceder a la compra de un automóvil y de una vivienda e incluso de una segunda vivienda vacacional, facilitar la formación universitaria de sus hijos, tener garantizada la asistencia sanitaria y diversas prestaciones sociales como una digna pensión en el momento de su jubilación, llegó a formar el núcleo social y económico más potente, en términos porcentuales, de los países que llamamos “desarrollados”.

Pero este pastel económico del que disfrutaban las clases medias era muy codiciado por las élites minoritarias, que no perdían la ambición de comenzar a morderlo desde que tuvieran oportunidad, y esa ocasión propicia la tuvieron y la aprovecharon a partir de los años ochenta por la confluencia de dos hechos históricos.

Por una parte, las políticas neoliberales impulsadas desde el Reino Unido por Margaret Thatcher con el “big-bang” de 1986, y desde Estados Unidos por la política liberal y monetarista de Ronald Reagan defendida por su economista de cabecera, como era Milton Friedman, que tuvo su punto culminante con la derogación de la Ley Grass-Steagall en 1999 durante la presidencia de Bill Clinton, y que ha sido quizá la pieza legislativa más impactante en la reciente historia de Estados Unidos. 

Pero a pesar de que economistas americanos como Joseph Stiglitz o Paul Krugman, ambos premios Nobel de economía, alertaron del potencial destructivo de esta nueva normativa legal, las nuevas leyes que se aprobaron permitían a los bancos conceder préstamos de forma casi ilimitada sin vincularlo a sus propias reservas. Y esa bomba efectivamente explotó con el terremoto financiero del año 2008 y la gran recesión, que comenzó con el colapso de Lehman Brothers.


Por otra parte, con la caída del muro de Berlín, la desintegración de la URSS y el desprestigio de los regímenes comunistas, desapareció ese “miedo al coco” comunista que tenían los que podríamos llamar países capitalistas, porque ya no existía ese contrapeso, que era una defensa natural de los trabajadores y de la clase media ante el afán depredador de las élites del poder. 

Hoy, esa codicia sin freno de los más pudientes está llevando de forma progresiva a desmantelar lo que se llamaba “la sociedad del bienestar”, empobreciendo y precarizando las condiciones de vida de los trabajadores y de lo que era una clase media, al tiempo que aumenta de forma exponencial la concentración de la riqueza en esa élite tan poderosa. 

LA CRISIS FINANCIERA DE 2008

Las consecuencias de la crisis financiera iniciada en el año 2008 fueron ni más ni menos que un gran trasvase de riqueza desde las clases medias a esa élite minoritaria, porque en economía, como en el primer principio de la termodinámica, el dinero no se crea ni se destruye, simplemente cambia de manos. Todo el dinero que perdieron los que no pudieron pagar sus hipotecas y les embargaron y les quitaron su vivienda, lo ganaron algunos inversores, los bancos y unos fondos buitre, como el que compró las tres mil viviendas sociales del ayuntamiento de Madrid con Ana Botella de alcaldesa, para echar a la calle a los inquilinos y especular con ellas y ponerlas en alquiler vacacional.

A eso le añadimos los famosos derivados, participaciones preferentes, seguros de tipo de interés, obligaciones subordinadas, hipotecas multidivisas, salidas a bolsa tóxicas (caso Bankia) y otros instrumentos financieros, con los que las grandes entidades literalmente “estafaron” a los pequeños ahorradores. Todo eso ha formado parte de un proceso de transferencia de rentas y patrimonio desde las clases media y trabajadora a las élites financieras. 

Pero además de la pérdida de influencia del miedo al comunismo o la desregulación financiera hecha a la medida de los bancos, hay otro factor determinante que provoca el aumento de esa brecha social y el enriquecimiento sin límites de una minoría: La fiscalidad. 

¿QUIÉN PAGA MÁS IMPUESTOS?

En los años setenta, y hablo en general de todos los países, la presión fiscal recaía de forma general en las rentas más altas y las grandes empresas, con tipos marginales para los ciudadanos del 70 al 90 %, según países. Pero ahora tributan en una horquilla del 35 al 50%, según qué país, con lo cual, cada vez los más pudientes pagan menos impuestos. 

Pero es que, además, las grandes empresas, valiéndose de leyes favorables y de ingeniería financiera, pagan ahora una cantidad ridícula de impuestos. Por ejemplo: Amazon obtuvo unos beneficios netos en el año 2025 de 77.000 millones de dólares.  ¿Sabes cuánto pagó de impuestos? 1.078 millones. Es decir, que si tú eres un trabajador y tienes una nómina de 2.000 euros al mes, tributas quizá al 20.%, pero una multinacional como Amazon tributa al 1,4 %. Y quien dice Amazon, dice Meta, al 3,6 %, o Alphabet (Google), al 7,8 %.

Han ido desapareciendo, por otra parte, los impuestos al patrimonio o a las transmisiones patrimoniales por herencia, con lo cual las élites blandan sus fortunas aún más. Pero estas rebajas de impuestos son vendidas como beneficiosas para los ciudadanos en general, y con adecuadas campañas desinformativas logran que tengan aceptación social, para que los tontos útiles las defiendan, siendo que no les benefician en nada. 

¿QUÉ UTILIDAD TIENEN LOS IMPUESTOS?

Con los impuestos se financia la sociedad del bienestar, es decir, la educación, la sanidad, las pensiones, las infraestructuras, la seguridad ciudadana y la justicia, entre otros capítulos de interés general para los ciudadanos. Pero la política de los neoliberales es pagar menos impuestos. Pero esto es un señuelo en el que también caen los tontos útiles, porque a quien de verdad beneficia esas bajadas de impuestos es a las multinacionales y a las grandes fortunas. 

En Canarias, por ejemplo, prácticamente se ha suprimido el Impuesto de Sucesiones y Donaciones. Hasta el año 2023, las herencias de hasta 300.000€ por heredero no pagaban impuestos, y a partir de esa cifra, existía un impuesto progresivo según fuese la masa hereditaria. Al suprimir el impuesto, si una herencia de un millón de euros se repartía entre cuatro herederos, no pagaban prácticamente nada. Ahora tampoco pagan, y en nada les beneficia esa ley. A quien de verdad beneficia es a los que heredan muchos millones. 

Y esos millones que dejan de pagar las grandes fortunas son detraídos y debilitan el bienestar de la ciudadanía. Porque mientras los más ricos pagan menos impuestos, la consejera de Sanidad dice que en Canarias el gasto en sanidad “tiene un techo” y no puede aumentar indefinidamente, y el presidente Clavijo dice que “la educación es un gasto que no puede aumentar sin comprometer la estabilidad presupuestaria”. Creo que un disparate de ese calibre no se atrevería a decirlo ni Milei, el de la motosierra. 

La inversión en educación no es un gasto, sino la inversión más rentable para el futuro de un pueblo, y así lo han demostrado países como Costa Rica, Finlandia, Singapur o Estonia. Pero la paradoja es, además, que ante la precariedad y limitados recursos de las universidades o la sanidad pública, crecen como la espuma las universidades privadas o la sanidad concertada. 

RESUMIENDO:

Se está produciendo en casi todo el mundo, independientemente de los gobiernos de cada país, un progresivo empobrecimiento de las clases trabajadoras y medias y un incremento exponencial de la riqueza de una élite minoritaria, que, si en el pasado siglo estaba ligada al complejo militar-industrial y al petróleo, hoy está vinculada también a las empresas tecnológicas. Y si hace cincuenta años, el uno por ciento de la población poseía el 25% de la riqueza del mundo, al día de hoy ese uno por ciento posee aproximadamente el 50% de la riqueza total. 

Y esto es así por varios motivos, empezando por la desregulación financiera y los paraísos fiscales, siguiendo porque los gobernantes de los países muchas veces son títeres de esa poderosa élite, y si no, vean a Donald Trump echándole la bronca a los países de Europa porque le querían imponer una tasa fiscal a Google, y en tercer lugar, porque la ciudadanía está adormecida, y una legión de tontos útiles, adoctrinados por los algoritmos de las redes sociales, defienden los privilegios de esa poderosa élite.

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