Por Juan Jesús Ayala (Filósofo).
Cantábamos a la vida, a la esperanza, al destino que formaba parte de nuestra imaginación; rebuscábamos inconscientemente en los cancioneros de la época cantos de nostalgia, cantos de amor y, sobre todo, en aquellas noches junto a los amigos de siempre, cantábamos en el juguete de nuestros sueños a lo inesperado.
No podía fallar la armónica de Juan Pedro, amigo de una vitalidad extrema que, desgranando los sonidos de la noche quieta, impulsaba tras sus sones y quiebros labiales la imagen de una pretendida ilusión.
Tampoco fallaban las guitarras de los hermanos Abreu, a los que solo podíamos acompañar en la admiración que nos despertaban y en el juego de sus dedos en un traste, que lo que emitían eran arpegios plenos de armonía que juntaban con la cadencia de los aires gomeros de Valle Gran Rey.
Las voces de Vicente, Ramón, Amadeo, Emiliano, Nemesio, Domingo, gemelo con Patricio Pérez Padrón, Fernando Ribera, que junto a la guitarra del maestro lagunero Alarzia, despuntaban en la noche clara el ritmo cadencioso de unas maracas bien tocadas.
Luego se incorporaron la guitarra de don Álvaro, el farmacéutico, junto a la voz rompedora, emotiva de su esposa, Caridad, a la que también acompañaba la voz del querido y siempre recordado amigo, Teófilo Padrón. Y más adelante, cuando la serenidad de las noches se llenaba de calma y quietud, el acordeón de Ramiro surcaba las ondas de la noche, acudiendo a nuestros empeños, los entusiasmos que trepaban por los balcones de siempre; o porque habían llegado de Las Palmas las amigas que se quedaban en casa de Felipe Benítez, que regaban el ambiente con sus ensueños, los que se arrullaban con las serenatas de los domingos que recalaban también en la panadería de Adrian, que junto a su familia nos brindaban en aquellas madrugadas con merengues recién sacados del horno o las exquisitas natillas de doña Encarna, su mujer.
Noches de ronda en Valverde, desde El Cabo hasta Tesine porque había llegado aquella amiga venezolana. Noches de ronda que se prolongaban hasta El Mocanal, donde el baile había terminado con las efusivas “palmas” de don José “el lindo” tras el acompañamiento de la bandurria del siempre recordado Pedro Ávila, que nos había trasladado en su coche.
Noches de ronda que vitalizaron a la juventud de entonces, que dejaron encuentros entre las cuerdas de las guitarras, de armónicas, acordeones, voces afinadas, que rompieron monotonías tras el lenguaje de las letras de las canciones, que se fueron heredando de anteriores generaciones .
Bien merecen un recuerdo como retazos de la historia pasada, y que, quiérase o no, sigue vibrando al son del recuerdo de una juventud que rompió soledades, que alumbró emociones y que encontró en la serenidad de las rondas un nuevo e inigualable canto a la vida.








