Por Roque del Pozo.
«El número de diputados de las 17 comunidades autónomas de nuestro país suma 1265, a los que debemos añadir 50 más (25, por cada una de las dos ciudades autónomas). Esto supone un gasto anual, aproximado, de unos 400 millones de euros (1 600 por legislatura). Importes referidos solo a los costes de los miembros electos. Si a eso le incrementamos los de personal (funcionario y laboral), inmuebles, mobiliario, gastos ordinarios (oficina, vehículos, protocolo, mantenimiento, servicios, etc., etc.…), el importe puede asustar a más de uno…»
—¡Este sistema de gobierno no es viable! —resopla, a bote pronto, un comerciante de artículos de pesca. Mira a la estilizada locutora de la pantalla con ojos de besugo, acodado en la barra del bar. Mientras su mano derecha da golpecitos nerviosos en la madera con el llavero de azófar, la otra masajea los surcos de la frente: profundos y dilatados.
—¡Claro que es viable! —afirma una mujer de voz cavernosa, fumando en pipa y abstraída en las volutas del humo, levemente gris. Su pelo color burgundy, apagado y de corte pixie, revela el escaso tiempo que le dedica. “Se trasquila sola, sin pisar la peluquería”, piensa el comerciante—. ¿Tú qué dices, doctor? ¿A qué viene esa cara de baqueta? ¿Acaso quieres impresionarme? Apuesto mi escocés a que eres médico. No, mejor cirujano. Cirujano plástico, digo —asevera golpeteando con la cazoleta de la pipa uno de los pómulos—. Llevas un rato mirando estas preciosas bolsas y he visto el brillo del bisturí en tus ojos. Te mueres de ganas por meterles mano. ¿Eh? Júrame que no es así. —¡Y tú, cansino, deja de dar golpes que me pones de los nervios! El cirujano plástico, pillado a bocajarro, cambia la mirada y bebe un trago largo de añejo. “Es absurdo fingir, tiene carrete, la muy imbécil” —razona, sintiendo cómo el ron se despeña garganta abajo. Su ojo clínico sopesa la posibilidad de extirparle ambos festones malares. Y prosigue con su idea, persuadido de no errar el tiro—: “Primero un drenaje linfático, luego láser de ceodós. Piel tensa y sin arrugas. Pero no tiene donde caerse muerta. ¡Que se joda! Se ha cabreado con el maromo y anda de cacería”. —Se vuelve hacia el comercial, que ha guardado el llavero en el bolsillo de la bléiser de lino azul celeste, y como no tiene pelos en la lengua, le endilga una vaharada de sinceridad, tan repentina que parece una cálida ráfaga de aire agitando los tallos de la cañamiel.
—Con los impuestos que cobran estos putos rojos, todo es posible. Estamos tan asfixiados que cualquier día nos ponen ventilación asistida. ¡Ja, ja, ja! ¿Otro café?
—¿Eso es un chiste, ¿doctor?
—Ya que insiste; pero mejor, un duque de Alba.
“¡Será hijo de puta!” —cavila el médico, apurando el ron y eludiendo la presencia del comercial. Con un ademán pide al camarero que le sirva otro añejo—. “Eso me pasa por capullo”.
El camarero bosteza sudoroso en una esquina, se rasca la panza hinchada de cerveza, eructa como un artiodáctilo del río Bravo y obedece con flema la inoportuna orden.
—¿Sabe qué le digo? Estoy harto de pagar para que otros se rasquen las pelotas —replica el comercial metiendo el bulbo carnoso en la copa, incluido el enorme lobanillo, que parece un huevo escalfado.
—Tú no pagas una mierda, colega —sostiene la mujer. Golpea la barra con el vaso y el barman entiende que debe acudir en su auxilio empuñando la botella de Glenfiddich 12 years old.
—Escuche, doctor. Porque es usted doctor, ¿no? Bueno, da lo mismo. ¡Salud! —brinda cuando el doctor alza su vaso y continúa con incipiente confianza—. ¡Escucha! Mira, hace veinte años —veinte, ¡eh!— yo pagaba un diez por ciento de impuestos. En nómina, te hablo. ¿Sabes cuánto me retienen ahora? ¡Un veinticinco! ¡Casi nada! ¡Malditos cabrones!
—¿Y a ti, doctor? Tú aflojarás bastante más, me la juego. Con lo que trincas tuneando nalgas y morros… ¿Eh? ¿Por qué te callas? ¡Qué vas a decir! Eres un puto burgués forrado.
—Genero tanta pasta que podría operarte gratis, sin que me temblara el escalpelo al abrir tu pellejo de comunista resentida.
—¡Y así debe ser! Tipos como tú me hacen la vida cómoda, sin sacudidas. Tú eres el halconero que me ceba. ¡Alégrate, coño! Sin ti no tengo futuro.
—Eres un chupasangre, no aportas nada al sacrificio colectivo —sentencia el comercial, apurando la copa—. Ya puestos, doctor, me tomaré otra —sondea atisbando las pupilas del cirujano y haciendo una mueca que al camarero le parece conchuda.
—¡Ah, ah!, te equivocas. Mi puta matriz mantiene el equilibrio. ¿Lo sabías? Traigo hijos al mundo, para que el sistema rule. Hijos sanos, mano de obra garantizada. Yo curro para el Estado, tío. ¿Lo pillas? ¡No querrás que encima me cargue el mochuelo! ¿Qué son mil quinientos pavos por tres criaturas? ¡Una mierda! Por eso le llaman ingreso mínimo vital. ¿Sabes tú lo que chupan esas sabandijas? Ni te imaginas. ¡Oye! —le ordena al camarero— déjame la botella a mano, que estos dos van a saber lo que vale un peine. —Sin saber por qué, el barman le entra al trapo y obedece sin excesivo afán. Ella vierte un generoso chorro y tira el tapón que estalla en la cafetera Gaggia de tres pistones—. Y la cubitera, ¡joder! ¿O quieres que me trague este caldo en pleno mes de agosto? —le abronca. Coge un fósforo de la caja, lo enciende y aplica la llama sobre la cazoleta. Succiona con tanto vigor que la densa humareda obliga al camarero a estornudar—. ¡Déjala aquí, te digo!, y lárgate al rincón, que te va a dar un pasmo. ¡Nenazas, que eres un nenazas! —le sermonea cuando desaparece en el aseo. Llena el vaso con hielo, darías chupadas a la pipa, que parece una locomotora subiendo un repecho, y se gira para los dos acompañantes—. Es un toma y daca. Tú pones el capital, y yo pringo. Y tan amigos.
—¿Y la vivienda, qué? Doctor, me apuesto un riñón a que vive de gañote, sin pagar un euro. Hemos sembrado el país de parásitos. Y así nos va. ¡Puto gobierno de mierda! ¡Me dan asco los políticos, te lo juro!
—¡Calla, calla!, que tengo dos viviendas con okupas y no soy capaz de echarlos.
—¡Joder! Pues no dice el nota que viva bajo el puente. ¿Qué te parece, tú? —despotrica la mujer al camarero, que ha vuelto a la esquina del mostrador. Unas gotas de agua se agarran a su frente yucateca. Se mueve con torpeza y daría medio sueldo porque ahuecaran.
—¡Ya, Charita, cállese un ratito! —rezonga el camarero sopesando la idea de cerrar la taberna y marcharse a dormir. Pero de momento se apalanca en el taburete.
—Estás para que te entierren, colega. Oye, doctor, deberías echarle un vistazo al manito. Es un picha floja.
—¡Váyase a hondear gatos de la cola! ¡Órale! —protesta el camarero molesto.
—¡Que te den! Me recuerda a un colega con el que tuve un rollito no hace mucho, ¿sabes, doctor? Nada, me duró una mierda; no tenía aguante. Un mindundi, pero legal. No llevaba bien que yo viviera de okupa, pero no le hizo ascos cuando le dije que subiera. Pisito amplio, bien amueblado… Ascensor y terraza. Y unos vecinos, chapó, que eso se valora. ¡En fin!, no puedo pedir más. Es así. Yo soy legal. Legal, ¿te enteras? Vivo de okupa y no me escondo. Y me alegro de que el gobierno me dé una buena pasta. Que no es gratis, ¡eh! Que te jodan si no te gusta, tío —recrimina al comercial viendo su cara de enfado.
—Lárgate y vete a atender a esas criaturas. Menuda madre tienen. En el trullo tendrías que estar. ¿Dónde los has dejado?
—En la guardería, tronco. ¿De dónde sales? ¿Has estado hibernado, o qué? Deja de dar la chapa. —Se sirve otro güisqui y se lleva la pipa a la boca y chupa con insistencia. Pero el tabaco ya no arde. Sacude la cazoleta y, antes de vaciarla en el cenicero de cristal, la observa con un leve ademán de contrariedad. Su mano enjuta rebusca en el bolso tote de estampado floral y se hace con una lata de Full Virginia. Carga la cazoleta y, con un dedo avezado a esa rutina, calca las hebras con habilidad y soltura. Y en menos de lo que el camarero tarda en prepararse una infusión, ya el humo se explaya por la taberna.
—¿A estas horas? —conjetura el doctor. Arrezaga la lana verde del impoluto jersey de Prada y mira la hora en el Breguet Classique—. ¿No
¿Deberían estar ya en la cama?
—Te equivocas, doctor. Aún están en el hogar estatal para menores. Les dan merienda, cena, teoría de género, feminismo interseccional y lo que deben saber del movimiento queer, masturbación y demás. Porque nosotros abordamos la sexualidad no solo como un hecho biológico o psicológico individual, sino como un constructo social atravesado por dinámicas de poder. Los niños y las niñas interrelacionan con naturalidad; incluso con los maestros y maestras…
—¿Qué edades tienen? —pregunta el cirujano, pidiendo otro añejo. No sabe si reír, llorar o dejar la taberna.
—Ellos, ¿te refieres? —el cirujano asiente—. Dos, ¡hum!, tres y medio, creo, y cinco. —Vuelve a vaciar la pipa en el cenicero y la deja sobre el mostrador—. Nosotros somos familias vulnerables, monoparentales; a ver si te enteras —continúa, arrimando el taburete al doctor—. Y, además, una unidad de convivencia independiente. Comunismo básico. La doctrina Kollontai: nada de amor romántico que fomenta el egoísmo y la dependencia de la mujer hacia el hombre. El Estado asume las tareas domésticas y el cuidado infantil mediante la creación de comedores, lavanderías y guarderías públicas—. «Dios mío —suspira el cirujano, enjugándose la frente con un pañuelo de blancura
—Almidonada—, debo de estar soñando».
—Sois unos pervertidos. Esos niños serán unos desgraciados toda su vida. El comercial muestra los mofletes encarnados, no del brandy, que también; sino de las barbaridades que escucha por boca de aquella cotorra aquejada de logorrea; sin duda, fugada de alguna loquería.
—La sociedad no puede prohibir la masturbación infantil; al contrario, cualquier adulto que obstaculice el desarrollo de la sexualidad del niño debe ser tratado severamente. En las charlas del comité te lo explican de esa manera. Pero las familias burguesas os oponéis a la emancipación sexual infantil, por eso el Estado hace de libertador. Y como dijeron Reich y Marcuse, la libertad sexual traerá el derrocamiento del capitalismo y el restablecimiento del marxismo. Desmantelar la familia tradicional es el objetivo principal de una sociedad libre.
—¡Cada día me dais más asco! —farfulla el comercial dando un manotazo en el mostrador. Agarra con furia una servilleta, se enjuga la frente perlada de airado sudor, estruja el papel y lo estrella contra el suelo. Se apea del taburete, recoge la mochila trolley de nylon y camina a grandes zancadas hacia la puerta de salida. Súbitamente, se vuelve y se acerca al doctor—. Perdona, pero esta tía me ha puesto de los nervios. Gracias por la invitación. Me voy, me voy, que me va a dar algo. Severo Verdugo de los Rojos —se presenta, alargando la mano y estrechándosela con viveza. Se gira fuera de sí y se marcha trastabillando entre las mesas, arrastrando la mochila, que no rodando—. ¡Hija de puta!, tienes un morro que te lo pisas. En un psiquiátrico os encerraba yo a todos. ¡Putos degenerados! —brama desde el umbral, volviéndose apenas.
—Eres un maldito resentido. ¡Desgraciado! ¡Libérate del yugo opresor, facha de mierda! ¡Y sacúdete ese nombre, imbécil! ¡No te digo! Lo que tiene una que aguantar, ¿verdad, doctor?
El cirujano, que pasa por el mismo trance, guarda silencio. Sin embargo, decide coger la puerta sin responder al fuego de una fusilería destemplada y aberrante. “Esta tía dispara a boca jarro. ¿Y si me denuncia por acoso? Todo puede pasar. No me fío un pelo”. El camarero se levanta con desgana, retira la copa del comercial, limpia el mostrador y desaparece en el office. El cirujano deja un billete de cincuenta euros en la barra y, antes de que la mujer, que se ha ido trotando al aseo, abandone la taberna.
Pero no sabe que cuando la mujer regresa a la barra, el camarero aún sigue ausente. Sin dudar, atrapa el billete, lo guarda en el bolso y se escabulle sigilosamente; no sin antes apurar el escocés de un trago subrepticio y súbito. En ese momento, oye el estampido de algún cacharro y un bufido áspero y perturbador. “¡Que se joda!”, masculla la mujer, ya en el umbral.
Cuando Laredo abandona el office se encuentra con que los tres parroquianos se han ido de rositas. “Hijos de la chingada —masculla resignado, llevándose las manos a la cabeza—. “Chairos y mochos son la misma gata, pero revolcada”.
Cierra la puerta de acceso, adecenta grosso modo el local y sale por la puerta de servicio. Camina a buen paso por la acera del bulevar, cuando reconoce a Charito, que lleva la pipa en la boca; va sentada en el taxi que se detiene en el semáforo. Echa a correr, pero el vehículo arranca y se pierde en una calle lateral. “Me chingó, la pendeja”.








