Plantas vampiro ladronas de savia

Foto: Dácil Ridolfi - Tímboca (Cytinus hypocistis).

Por Juan Manuel Martínez Carmona. (Biólogo).

Desconocidas para la mayoría de sus habitantes, en El Hierro existen sorprendentes plantas parásitas que, al no necesitar clorofila, carecen de hojas y exhiben vistosas floraciones primaverales. Estas especies “roban” savia bruta (parásitos parciales) o savia elaborada (parásitos completos) de otros vegetales, sin aportarles nada a cambio. Perpetran este asalto en toda regla insertando raicillas especializadas, denominadas haustorios, en los tejidos vasculares del hospedador.   

Iniciamos esta descripción de las plantas parásitas herreñas en la costa. Allí, en Arenas Blancas, Verodal, Las Playas o Timijiraque, diversos arbustos (iramas, magarzas, etc.) soportan marañas de tallitos filamentosos, parecidos a masivas telas de araña, desplegados por la greña (Cuscuta planiflora), también denominada rabia. Ligada íntimamente al hospedador en varios puntos, la greña vive suspendida sin tocar el suelo, privada de hojas y clorofila. Sus diminutas cabezuelas florales producen cientos de semillas que, apenas germinan, desarrollan raíces rudimentarias y emiten un hilo finísimo, que puede alcanzar varios metros de longitud, a la búsqueda desesperada de anfitrión. Deben encontrarlo pronto, porque las reservas del embrión dan para una semana. Localizada la víctima, la greña implanta sus primeros suctores, al tiempo que degeneran las incipientes raicillas. Avasallados por la greña, los vegetales languidecen y mueren asfixiados. De hecho, en algunas regiones subtropicales del planeta tiene mala reputación como temible plaga agrícola. 

Paseando estos días por el monte de hayas, o en los campos de medianías, quizás hayamos observado singulares espigas, de unos 30 centímetros de altura, que emergen del suelo ataviadas de flores moradas. Se trata del jopo blanco (Orobanche crenata), también denominado pata de gallina en El Hierro. Parásita evolucionada, succiona agua y nutrientes de la raíz del hospedador. Sus inflorescencias producen miles de semillas que, dispersadas a larga distancia por el viento, germinarán sólo en presencia de plantas susceptibles de parasitar. En particular tiene predilección por las leguminosas, causando importantes daños en los cultivos continentales de habas, arvejas, garbanzos y judías. En contrapartida, atesora virtudes antidiarreicas tomada en infusión. En la costa (Las Playas, Verodal, Tecoron, Orchilla, etc.) habita el jopo negro (Orobanche cernua), apegado a magarzas e iramas.

Avanzada la primavera, al pie de las jaras relampaguean misteriosas inflorescencias rojigualdas. Es el tiempo de la tímboca (Cytinus hypocistis), extravagante planta parásita que el resto del año subsiste difuminada en las entrañas de su hospedador. En su adaptación prodigiosa, esta “planta vampiro” prescinde de tallos, hojas y raíces, adoptando naturaleza filamentosa, similar al micelio de un hongo, ávida de savia. Pero la tímboca no olvida perpetuarse, invocando a los insectos (hormigas) con llamativos racimos florales. Estas inflorescencias atesoran ovarios de pulpa dulce y mantecosa, buscados y consumidos por los isleños, sobre todo los niños, aunque debían anticiparse a cabras y ovejas, que preferían las tímbocas a la hierba. De hecho, la voz “tímboca”, de probable raíz indígena, se emplea también aludiendo al alimento apetitoso. De la misma familia es Rafflesia arnoldii, la planta que despliega la flor más grande del mundo (un metro de diámetro y once kilos de peso), nativa de las selvas de Sumatra y Borneo. 

Juan Manuel Martínez Carmona. (Biólogo).

Fotos: Dácil Ridolfi.

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